Mis inicios en los videojuegos
Mi primera consola fue la PlayStation 2 con su cámara y el juego EyeToy: Play. Era un disco que tenía varios minijuegos, pero sin duda mis favoritos eran: quitar jabón de ventanas (las cuales, no sé por qué, siempre quedaban con algo de suciedad y me ponía muy nerviosa porque no podía pasar de pantalla), dar cabezazos a un balón, golpear ninjas que venían de los edificios y, cómo no, luchar contra robots.
Más adelante vino Harry Potter y la cámara secreta, juego que actualmente está rayado y no lo lee la Play, y que hizo que me enamorara tanto de la saga.
El famoso Kingdom Hearts, con mi equipo favorito: Sora, Goofy, Mickey y Donald. Gracias a este juego tuve una temporada en la que, cuando me reía de forma estridente, sonaba un pequeño Goofy al acabar de reírme.

Prince of Persia: El Alma del Guerrero, el primer juego que me enseñó que, por muy difícil que sea evitar la muerte o cambiar el destino, hay que luchar hasta conseguirlo, porque sí, amigos, se puede. Cómo olvidarme de mis Crónicas de Narnia: el león, la bruja y el armario y sus lobos feroces que no me dejaban en paz… Pobre Lucy, siempre me mandaban al otro barrio con ella. Qué mala suerte.

Y cómo dejar atrás el maravilloso Need for Speed: Undercover, en el que aprendí a conducir y a descubrir la adrenalina de la persecución. Eso sí, tenía que llevar una canción que a día de hoy me acompaña en mi lista de reproducción: «Never Wanted to Dance (Electro Hurtz)» de Mindless Self Indulgence. Simplemente era la canción perfecta.
Después, mis primos me enseñaron el maravilloso mundo de la Xbox 360, con Gears of War 3 y su icónica motosierra.
Más adelante, cuando empecé a salir con mi mejor amigo, fuimos a un locutorio y me enseñó la cantidad de juegos que se podían jugar en el ordenador (mis juegos de ordenador eran las granjas de Facebook y de ahí no me sacabas). Me enseñó Fortnite y League of Legends, y este último fue el que despertó mi lado más tóxico. Todos los días llegaba del instituto, hacía los deberes rápido y corriendo me metía en el portátil gamer que tenía solo para jugar con mis amigos a las rankeds enfermizas, en las que siempre me confundía con los ítems que tenía que ponerme, hasta que di con Volibear. Así que ya sabréis dónde iba Kiya cuando empezaba la partida: los tanques son mi perdición, qué se le va a hacer.
Luego me evadí del League of Legends y volví a la Xbox 360 y, a continuación, a la Xbox One, con títulos como Grand Theft Auto.

Como todo el mundo, tuve mi temporada de Fortnite, en la que siempre caía en Pisos Picados y moría en el aire. La vez que tocaba la azotea de un edificio me santiguaba y decía de echar la lotería: eso era suerte, y lo demás, tonterías.
Luego vino el maravilloso Phasmophobia, con todos los aparatos y fantasmas, del que no entendía nada: para qué servían esos aparatos, qué eran los objetos malditos… Y ahí fue donde nació mi guía, que podéis disfrutar aquí mismo. Cogí un cuaderno y un boli, y en mis ratos libres entraba a jugar para tomar apuntes y entender el juego. Me metía en una partida personalizada 0x0 y ahí fue donde descubrí todo lo que sé hasta ahora.

Ahora me he enfrascado en el mundo de Dead by Daylight y, entre nosotros, me gusta más ser killer que survi, sobre todo con El Espíritu, que me ha regalado tanto victorias como derrotas. Pero, hasta el momento, ella y el Traicionero son mis mains, a los que adoro y que no me los quiten.

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Redactor de Zona The Gamers.



